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 Necesitamos un nuevo contrato social

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el.loco.lucas
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MensajeTema: Necesitamos un nuevo contrato social   Dom Sep 16, 2018 1:14 pm

Necesitamos un nuevo contrato social
El pacto socioeconómico alcanzado tras la II Guerra Mundial en Occidente se ha roto. La democracia depende de su refundación
JOAQUÍN ESTEFANÍA
16 SEP 2018 - 00:24 CEST

Al menos cuatro grandes transformaciones desarrolladas en las últimas décadas han alterado profundamente el contrato social que rubricaron implícitamente las fuerzas de la izquierda (socialdemócratas) y de la derecha (democristianos) tras la II Guerra Mundial, que formalizó las reglas del juego para la convivencia pacífica durante más de medio siglo. Se trata de la revolución tecnológica, que ha hecho circular al mundo de lo analógico a lo digital; la revolución demográfica, que convirtió a Europa, cuna de ese contrato social, en un espacio compartido de gente envejecida después de haber sido un continente joven; la globalización, que ha llegado a ser el marco de referencia de nuestra época desplazando al Estado-nación; y la revolución conservadora, hegemónica desde la década de los años ochenta del siglo pasado y que ha predicado las virtudes del individualismo y de que cada palo aguante su vela, olvidando los principios mínimos de solidaridad social. El conjunto de estas revoluciones —la tecnológica, la demográfica, la globalizadora y la política— ha dado lugar a una especie de refundación de lo que el gran pensador vienés Karl Polanyi denominó a mitad de los años cuarenta “la gran transformación”.

El concepto de contrato social pertenece en su inicio al pensador Jean-Jacques Rousseau, que a mediados del siglo XVIII escribió un libro del mismo título, considerado precursor de la Revolución Francesa y de la Declaración de los Derechos del Hombre, y que trataba de la libertad y la igualdad de las personas bajo Estados instituidos por medio de un contrato social. Ese contrato era una suerte de acuerdo entre los miembros de un grupo determinado que definía tanto sus derechos como sus deberes, que eran las cláusulas de tal contrato. Esas cláusulas no son inmutables o naturales, sino que cambian dependiendo de las circunstancias y transformaciones de cada momento histórico y de las correlaciones de fuerzas entre los componentes de los grupos.

El contrato social que surge en Europa y se extiende por buena parte del planeta, a distintas velocidades, después de la II Guerra Mundial decía básicamente lo siguiente: quien cumple las reglas del juego, progresa, logra la estabilidad y la tranquilidad en su vida. Una buena formación intelectual, la mejor educación, el esfuerzo permanente, la honradez y ciertas dosis de suerte (que había que buscar) aseguraban el bienestar de los ciudadanos y sus familias. Con un empeño personal calvinista, el funcionamiento de las instituciones de la democracia y el progreso económico general, el nivel de vida mejoraría poco a poco y nuestros hijos vivirían mejor que nosotros. Unos, los más favorecidos, se quedarían con la parte más grande de la tarta, pero a cambio los otros, la mayoría, tendrían trabajo asegurado, cobrarían salarios crecientes, estarían protegidos frente a la adversidad y la debilidad, e irían poco a poco hacia arriba en la escala social. Un porcentaje de esa mayoría, incluso, traspasaría la frontera social imaginaria y llegaría a formar parte de los de arriba: la clase media ascendente.

Esto ya no es así. Ese contrato social ha sido sustituido, por efecto de las transformaciones citadas, por lo que el sociólogo Robert Merton ha denominado “el efecto Mateo”: “Al que más tiene, más se le dará, y al que menos tiene se le quitará para dárselo al que más tiene”. Se inaugura así la era de la desigualdad y se olvidan las principales lecciones que sacó la humanidad de ese periodo negro de tres décadas (1914-1945) en las que el mundo padeció tres crisis mayores perfectamente imbricadas: las dos guerras mundiales y, en el intervalo de ambas, la Gran Depresión.

El historiador Tony Judt, entre otros, ha descrito con exactitud (Postguerra) cómo a partir de lo acontecido en esos 30 años nació otro planeta con distintas normas, ya que parecía imposible —decenas de millones de muertos después— la vuelta a lo que habían sido las cosas antes. Se acordaron señas de identidad diferentes, basadas en la intervención estatal siempre que fuese precisa, y con una nueva arquitectura institucional que pretendía que nunca más se pudieran repetir las condiciones políticas, sociales y económicas que habían facilitado los conflictos generalizados. Hubo un consenso entre las élites políticas (los partidos), económicas (el empresariado) y sociales (los sindicatos) para alcanzar la combinación más adecuada entre el Estado y el mercado, con el objetivo final de que toda práctica política se basara en la búsqueda de la paz, el pleno empleo y la protección de los más débiles a través del Estado de bienestar.

Recuerda Judt que en una cosa todos estaban de acuerdo, aunque hoy sea un concepto obsoleto: la planificación. Los desastres de las décadas del periodo de entreguerras (las oportunidades perdidas a partir de 1918; los agujeros ocasionados por el desempleo, las desigualdades, injusticias e ineficacias generadas por el capitalismo de laissez-faire que habían hecho caer a muchos en la tentación del autoritarismo; la descarada indiferencia y arrogancia de la élite gobernante, y las inconsecuencias de una clase política inadecuada) parecían estar todos relacionados con el fracaso a la hora de organizar mejor la sociedad: “Para que la democracia funcionase”, escribe el historiador, “para que recuperase su atractivo, debía planificarse”. Así se amplió la fe ciudadana en la capacidad —y no solo en el deber de los Gobiernos— de resolver problemas a gran escala, movilizando y destinando personas y recursos a fines útiles para la colectividad.

Quedó claro que la única estrategia con éxito era aquella que excluía cualquier retorno al estancamiento económico, la depresión, el proteccionismo y, por encima de todo, el desempleo. Algo parecido subyacía en la creación del welfare State: la polarización política había sido consecuencia directa de la depresión económica y de sus costes sociales. Tanto el fascismo como el comunismo habían proliferado con la desesperación social, con el enorme abismo de separación entre ricos y pobres. Para que la democracia se recuperase como tal era preciso abordar de una vez “la condición de personas” de los ciudadanos.

Estos elementos seminales del contrato social de la posguerra ya estaban de retirada antes de 2008. Entonces llegó como un tsunami de naturaleza humana la Gran Recesión, la cuarta crisis mayor del capitalismo, de la que estos días se cumplen los 10 primeros años. Sus consecuencias han exacerbado tal crisis y han regresado con fuerza las dudas entre muchos ciudadanos en la convivencia pacífica entre un sistema de gobierno democrático y un capitalismo fuertemente financiarizado: los mercados son ineficientes (el desiderátum de mercado ineficiente es el mercado de trabajo), y el sistema político, la democracia, que se legitima corrigiendo los fallos del mercado, no lo hace. Así surge la desafección respecto a la democracia (el sistema político) y el capitalismo (el sistema económico).

Una buena parte de la población ha salido de la Gran Recesión más pobre, más desigual, mucho más precaria, menos protegida socialmente, más desconfiada (lo que explica en buena parte la crisis de representación política que asola nuestras sociedades) y considerando la democracia como un sistema instrumental (somos demócratas siempre que la democracia resuelva nuestros problemas). Muchos ciudadanos expresan cotidianamente sus dudas de que los políticos, aquellos a los que eligen para que los representen en la vida pública, sean capaces de resolver los problemas colectivos. De cambiar la vida a mejor.

Además de la ruptura del contrato social tradicional, en la última década se ha aniquilado el pacto entre generaciones. No se cumple lo que hasta hace unas semanas decía un anuncio en la radio de una empresa privada de colocaciones: “Si estudias y te esfuerzas, podrás llegar a lo que quieras”. El historiador Niall Ferguson escribe que el mayor desafío que afrontan las democracias maduras es el de restaurar el contrato social entre generaciones, y Jed Bartlet, el presidente ficticio de EE UU en la serie televisiva El Ala Oeste de la Casa Blanca, comenta a su interlocutor: “Debemos dar a nuestros hijos más de lo que recibimos nosotros”. Este es el sentido progresista de la historia que se ha roto.

El estrago mayor que ha causado la Gran Recesión en nuestras sociedades ha sido el de truncar el futuro de una generación. O de más de una generación. Ha reducido brutalmente las expectativas materiales, y sobre todo emocionales, de muchos jóvenes que se sienten privados del futuro que se les había prometido. Se ha actualizado la llamada “curva del Gran Gatsby”, que explica que las oportunidades de los descendientes de una persona dependen mucho más de la situación socio­económica de sus antecesores que del esfuerzo personal propio. Ello conlleva la transmisión de privilegios más que la igualdad de oportunidades.

Una joven envía un tuit que se hace viral, y que se pregunta: “¿Cómo hicieron nuestros padres para comprar una casa a los 30 años?, ¿eran narcos o qué?”. La Gran Recesión ha profundizado en los desequilibrios que ya existían antes de ella e introducido nuevas variables en el modelo; escenarios dominados por la inseguridad vital, que ya no es solo económica, sino cultural. Muchas personas, millennials o mayores de 45 años que se han quedado por el camino, sobreviven en la incertidumbre, la frustración y sin opciones laborales serias; no esperan grandes cosas del futuro, al que presuponen más amenazas que oportunidades, y que en buena medida no entienden. Estos jóvenes son los que han sido calificados como un “proletariado emocional” (José María Lasalle).

El nuevo contrato social habrá de tener en cuenta las transformaciones citadas y otros elementos que se han incorporado a las inquietudes centrales del planeta en que vivimos, como el cambio climático. El objetivo del mismo debería condensarse en la extensión de la democracia en una doble dirección: ampliar el perímetro de quienes participan en tomar las decisiones (ciudadanía política y civil) y extender el ámbito de decisión a los derechos económicos y sociales (ciudadanía económica) que determinan el bienestar ciudadano.



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el.loco.lucas
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MensajeTema: Re: Necesitamos un nuevo contrato social   Dom Sep 16, 2018 1:17 pm

Me parece un texto muy interesante para iniciar un debate sobre cómo debería ser ese "nuevo contrato social". Sobre qué cosas son urgentes cambiar para reconducir una situación política y socio-económica en evidente crisis.
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curtin
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MensajeTema: Re: Necesitamos un nuevo contrato social   Dom Sep 16, 2018 8:21 pm

No me cabe la menor duda que el Contrato social es el embrión del totalitarismo. Luego vinieron Kant y Hegel, hasta que llegó Marx  y la revolución proletaria a fin de cumplir con el mandato rouseauniano de eliminar la propiedad privada, como presupuesto ético del camino al comunismo donde el estado desaparecería.
Del otro lado del Canal de la Mancha, John Locke, determinó que el principio fundamental de la libertad era el derecho del hombre a la búsqueda de su propia felicidad. Partiendo de esa concepción, afirmaba que los "monarcas son hombres" y en virtud de ello era necesario limitar su poder político. 
La filosofía política Franco-germánica y la Anglo-americana son tan diferentes como el día y la noche. La primera dio lugar al totalitarismo y la segunda a la libertad por primera vez en la historia. 

No necesitamos ningún contrato social, creo en la evidencia de que de no haber sido por los Estados Unidos el llamado mundo occidental, incluido Suramérica seríamos nazis o comunistas. Lamentablemente hoy las ideas de la libertad son cuestionadas por la izquierda de la mano de la social democracia en Europa. Y el mundo sigue confundido en la concepción del imperialismo americano. Esperemos que tomemos conciencia de esta realidad histórico- política y encontremos el camino de la libertad para salir de la crisis del socialismo.
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El llobu
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MensajeTema: Re: Necesitamos un nuevo contrato social   Lun Sep 17, 2018 10:48 am

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No me cabe la menor duda que el Contrato social es el embrión del totalitarismo. Luego vinieron Kant y Hegel, hasta que llegó Marx  y la revolución proletaria a fin de cumplir con el mandato rouseauniano de eliminar la propiedad privada, como presupuesto ético del camino al comunismo donde el estado desaparecería.
Del otro lado del Canal de la Mancha, John Locke, determinó que el principio fundamental de la libertad era el derecho del hombre a la búsqueda de su propia felicidad. Partiendo de esa concepción, afirmaba que los "monarcas son hombres" y en virtud de ello era necesario limitar su poder político. 
La filosofía política Franco-germánica y la Anglo-americana son tan diferentes como el día y la noche. La primera dio lugar al totalitarismo y la segunda a la libertad por primera vez en la historia. 

No necesitamos ningún contrato social, creo en la evidencia de que de no haber sido por los Estados Unidos el llamado mundo occidental, incluido Suramérica seríamos nazis o comunistas. Lamentablemente hoy las ideas de la libertad son cuestionadas por la izquierda de la mano de la social democracia en Europa. Y el mundo sigue confundido en la concepción del imperialismo americano. Esperemos que tomemos conciencia de esta realidad histórico- política y encontremos el camino de la libertad para salir de la crisis del socialismo.
¿Te refieres, por ejemplo, a la libertad de que todos tienen que ser de derechas y cristianos y lo demás es escoria?

Salud y República.
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curtin
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MensajeTema: Re: Necesitamos un nuevo contrato social   Lun Sep 17, 2018 8:20 pm

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No me cabe la menor duda que el Contrato social es el embrión del totalitarismo. Luego vinieron Kant y Hegel, hasta que llegó Marx  y la revolución proletaria a fin de cumplir con el mandato rouseauniano de eliminar la propiedad privada, como presupuesto ético del camino al comunismo donde el estado desaparecería.
Del otro lado del Canal de la Mancha, John Locke, determinó que el principio fundamental de la libertad era el derecho del hombre a la búsqueda de su propia felicidad. Partiendo de esa concepción, afirmaba que los "monarcas son hombres" y en virtud de ello era necesario limitar su poder político. 
La filosofía política Franco-germánica y la Anglo-americana son tan diferentes como el día y la noche. La primera dio lugar al totalitarismo y la segunda a la libertad por primera vez en la historia. 

No necesitamos ningún contrato social, creo en la evidencia de que de no haber sido por los Estados Unidos el llamado mundo occidental, incluido Suramérica seríamos nazis o comunistas. Lamentablemente hoy las ideas de la libertad son cuestionadas por la izquierda de la mano de la social democracia en Europa. Y el mundo sigue confundido en la concepción del imperialismo americano. Esperemos que tomemos conciencia de esta realidad histórico- política y encontremos el camino de la libertad para salir de la crisis del socialismo.
¿Te refieres, por ejemplo, a la libertad de que todos tienen que ser de derechas y cristianos y lo demás es escoria?

Salud y República.
Me refiero a la libertad de los de derecha y cristianos y a la de la escoria, también.
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Pur
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MensajeTema: Re: Necesitamos un nuevo contrato social   Dom Sep 23, 2018 7:52 pm

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Necesitamos un nuevo contrato social
El pacto socioeconómico alcanzado tras la II Guerra Mundial en Occidente se ha roto. La democracia depende de su refundación
JOAQUÍN ESTEFANÍA
16 SEP 2018 - 00:24 CEST

Al menos cuatro grandes transformaciones desarrolladas en las últimas décadas han alterado profundamente el contrato social que rubricaron implícitamente las fuerzas de la izquierda (socialdemócratas) y de la derecha (democristianos) tras la II Guerra Mundial, que formalizó las reglas del juego para la convivencia pacífica durante más de medio siglo. Se trata de la revolución tecnológica, que ha hecho circular al mundo de lo analógico a lo digital; la revolución demográfica, que convirtió a Europa, cuna de ese contrato social, en un espacio compartido de gente envejecida después de haber sido un continente joven; la globalización, que ha llegado a ser el marco de referencia de nuestra época desplazando al Estado-nación; y la revolución conservadora, hegemónica desde la década de los años ochenta del siglo pasado y que ha predicado las virtudes del individualismo y de que cada palo aguante su vela, olvidando los principios mínimos de solidaridad social. El conjunto de estas revoluciones —la tecnológica, la demográfica, la globalizadora y la política— ha dado lugar a una especie de refundación de lo que el gran pensador vienés Karl Polanyi denominó a mitad de los años cuarenta “la gran transformación”.

El concepto de contrato social pertenece en su inicio al pensador Jean-Jacques Rousseau, que a mediados del siglo XVIII escribió un libro del mismo título, considerado precursor de la Revolución Francesa y de la Declaración de los Derechos del Hombre, y que trataba de la libertad y la igualdad de las personas bajo Estados instituidos por medio de un contrato social. Ese contrato era una suerte de acuerdo entre los miembros de un grupo determinado que definía tanto sus derechos como sus deberes, que eran las cláusulas de tal contrato. Esas cláusulas no son inmutables o naturales, sino que cambian dependiendo de las circunstancias y transformaciones de cada momento histórico y de las correlaciones de fuerzas entre los componentes de los grupos.

El contrato social que surge en Europa y se extiende por buena parte del planeta, a distintas velocidades, después de la II Guerra Mundial decía básicamente lo siguiente: quien cumple las reglas del juego, progresa, logra la estabilidad y la tranquilidad en su vida. Una buena formación intelectual, la mejor educación, el esfuerzo permanente, la honradez y ciertas dosis de suerte (que había que buscar) aseguraban el bienestar de los ciudadanos y sus familias. Con un empeño personal calvinista, el funcionamiento de las instituciones de la democracia y el progreso económico general, el nivel de vida mejoraría poco a poco y nuestros hijos vivirían mejor que nosotros. Unos, los más favorecidos, se quedarían con la parte más grande de la tarta, pero a cambio los otros, la mayoría, tendrían trabajo asegurado, cobrarían salarios crecientes, estarían protegidos frente a la adversidad y la debilidad, e irían poco a poco hacia arriba en la escala social. Un porcentaje de esa mayoría, incluso, traspasaría la frontera social imaginaria y llegaría a formar parte de los de arriba: la clase media ascendente.

Esto ya no es así. Ese contrato social ha sido sustituido, por efecto de las transformaciones citadas, por lo que el sociólogo Robert Merton ha denominado “el efecto Mateo”: “Al que más tiene, más se le dará, y al que menos tiene se le quitará para dárselo al que más tiene”. Se inaugura así la era de la desigualdad y se olvidan las principales lecciones que sacó la humanidad de ese periodo negro de tres décadas (1914-1945) en las que el mundo padeció tres crisis mayores perfectamente imbricadas: las dos guerras mundiales y, en el intervalo de ambas, la Gran Depresión.

El historiador Tony Judt, entre otros, ha descrito con exactitud (Postguerra) cómo a partir de lo acontecido en esos 30 años nació otro planeta con distintas normas, ya que parecía imposible —decenas de millones de muertos después— la vuelta a lo que habían sido las cosas antes. Se acordaron señas de identidad diferentes, basadas en la intervención estatal siempre que fuese precisa, y con una nueva arquitectura institucional que pretendía que nunca más se pudieran repetir las condiciones políticas, sociales y económicas que habían facilitado los conflictos generalizados. Hubo un consenso entre las élites políticas (los partidos), económicas (el empresariado) y sociales (los sindicatos) para alcanzar la combinación más adecuada entre el Estado y el mercado, con el objetivo final de que toda práctica política se basara en la búsqueda de la paz, el pleno empleo y la protección de los más débiles a través del Estado de bienestar.

Recuerda Judt que en una cosa todos estaban de acuerdo, aunque hoy sea un concepto obsoleto: la planificación. Los desastres de las décadas del periodo de entreguerras (las oportunidades perdidas a partir de 1918; los agujeros ocasionados por el desempleo, las desigualdades, injusticias e ineficacias generadas por el capitalismo de laissez-faire que habían hecho caer a muchos en la tentación del autoritarismo; la descarada indiferencia y arrogancia de la élite gobernante, y las inconsecuencias de una clase política inadecuada) parecían estar todos relacionados con el fracaso a la hora de organizar mejor la sociedad: “Para que la democracia funcionase”, escribe el historiador, “para que recuperase su atractivo, debía planificarse”. Así se amplió la fe ciudadana en la capacidad —y no solo en el deber de los Gobiernos— de resolver problemas a gran escala, movilizando y destinando personas y recursos a fines útiles para la colectividad.

Quedó claro que la única estrategia con éxito era aquella que excluía cualquier retorno al estancamiento económico, la depresión, el proteccionismo y, por encima de todo, el desempleo. Algo parecido subyacía en la creación del welfare State: la polarización política había sido consecuencia directa de la depresión económica y de sus costes sociales. Tanto el fascismo como el comunismo habían proliferado con la desesperación social, con el enorme abismo de separación entre ricos y pobres. Para que la democracia se recuperase como tal era preciso abordar de una vez “la condición de personas” de los ciudadanos.

Estos elementos seminales del contrato social de la posguerra ya estaban de retirada antes de 2008. Entonces llegó como un tsunami de naturaleza humana la Gran Recesión, la cuarta crisis mayor del capitalismo, de la que estos días se cumplen los 10 primeros años. Sus consecuencias han exacerbado tal crisis y han regresado con fuerza las dudas entre muchos ciudadanos en la convivencia pacífica entre un sistema de gobierno democrático y un capitalismo fuertemente financiarizado: los mercados son ineficientes (el desiderátum de mercado ineficiente es el mercado de trabajo), y el sistema político, la democracia, que se legitima corrigiendo los fallos del mercado, no lo hace. Así surge la desafección respecto a la democracia (el sistema político) y el capitalismo (el sistema económico).

Una buena parte de la población ha salido de la Gran Recesión más pobre, más desigual, mucho más precaria, menos protegida socialmente, más desconfiada (lo que explica en buena parte la crisis de representación política que asola nuestras sociedades) y considerando la democracia como un sistema instrumental (somos demócratas siempre que la democracia resuelva nuestros problemas). Muchos ciudadanos expresan cotidianamente sus dudas de que los políticos, aquellos a los que eligen para que los representen en la vida pública, sean capaces de resolver los problemas colectivos. De cambiar la vida a mejor.

Además de la ruptura del contrato social tradicional, en la última década se ha aniquilado el pacto entre generaciones. No se cumple lo que hasta hace unas semanas decía un anuncio en la radio de una empresa privada de colocaciones: “Si estudias y te esfuerzas, podrás llegar a lo que quieras”. El historiador Niall Ferguson escribe que el mayor desafío que afrontan las democracias maduras es el de restaurar el contrato social entre generaciones, y Jed Bartlet, el presidente ficticio de EE UU en la serie televisiva El Ala Oeste de la Casa Blanca, comenta a su interlocutor: “Debemos dar a nuestros hijos más de lo que recibimos nosotros”. Este es el sentido progresista de la historia que se ha roto.

El estrago mayor que ha causado la Gran Recesión en nuestras sociedades ha sido el de truncar el futuro de una generación. O de más de una generación. Ha reducido brutalmente las expectativas materiales, y sobre todo emocionales, de muchos jóvenes que se sienten privados del futuro que se les había prometido. Se ha actualizado la llamada “curva del Gran Gatsby”, que explica que las oportunidades de los descendientes de una persona dependen mucho más de la situación socio­económica de sus antecesores que del esfuerzo personal propio. Ello conlleva la transmisión de privilegios más que la igualdad de oportunidades.

Una joven envía un tuit que se hace viral, y que se pregunta: “¿Cómo hicieron nuestros padres para comprar una casa a los 30 años?, ¿eran narcos o qué?”. La Gran Recesión ha profundizado en los desequilibrios que ya existían antes de ella e introducido nuevas variables en el modelo; escenarios dominados por la inseguridad vital, que ya no es solo económica, sino cultural. Muchas personas, millennials o mayores de 45 años que se han quedado por el camino, sobreviven en la incertidumbre, la frustración y sin opciones laborales serias; no esperan grandes cosas del futuro, al que presuponen más amenazas que oportunidades, y que en buena medida no entienden. Estos jóvenes son los que han sido calificados como un “proletariado emocional” (José María Lasalle).

El nuevo contrato social habrá de tener en cuenta las transformaciones citadas y otros elementos que se han incorporado a las inquietudes centrales del planeta en que vivimos, como el cambio climático. El objetivo del mismo debería condensarse en la extensión de la democracia en una doble dirección: ampliar el perímetro de quienes participan en tomar las decisiones (ciudadanía política y civil) y extender el ámbito de decisión a los derechos económicos y sociales (ciudadanía económica) que determinan el bienestar ciudadano.



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Muy completo el análisis, concuerdo con él en su mayoría. Pienso que la idea (política y económica) que se viene barajando desde comienzos del siglo XXI (en varios países desarrollados no sólo es una idea sino una guía para sus practicas), que contempla los nuevos escenarios citados y la idea de planificación, es la de sustentabilidad, todo lo que se haga debe ser sustentable (sostenible) en el tiempo... y no veo posibilidades ni remotas de realizar aquello sin intervención y regulación por parte del Estado.

El "mercado" (el sector privado de la economía) es como las fuerzas policiales o militares, tienen una capacidad de acción por sobre los ciudadanos que puede ser letal si se los deja desprovistos de una función social determinada, es por eso que estas fuerzas de seguridad están bajo el mando de Ministerios, en su mayoría integrados por civiles instruidos en áreas de las Ciencias políticas o el Derecho (y elegidos por la ciudadanía). No por nada los golpes de Estado son o militares o económicos.

El nuevo contrato social debe contener ciertos puntos centrales como ejes de la actividad económica y uno de esos ejes, considerando las nuevas tecnologías y el nuevo escenario de producción frente a los recursos materiales finitos, debe ser la sustentabilidad, por ende la estricta planificación de recursos humanos y materiales según cada país o región. En resumen, rediscutir las economías, ya no en base a las viejas recetas para alcanzar el crecimiento económico (caudal de las riquezas), sino en base a la forma en que se desarrolla ese crecimiento (sistemas y mercados -entre ellos el laboral y de producción- sustentables).
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El llobu
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MensajeTema: Re: Necesitamos un nuevo contrato social   Dom Sep 23, 2018 8:26 pm

Está el llobu encantado de volver a leerte, Pur.

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el.loco.lucas
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MensajeTema: Re: Necesitamos un nuevo contrato social   Miér Sep 26, 2018 1:30 pm

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Muy completo el análisis, concuerdo con él en su mayoría. Pienso que la idea (política y económica) que se viene barajando desde comienzos del siglo XXI (en varios países desarrollados no sólo es una idea sino una guía para sus practicas), que contempla los nuevos escenarios citados y la idea de planificación, es la de sustentabilidad, todo lo que se haga debe ser sustentable (sostenible) en el tiempo... y no veo posibilidades ni remotas de realizar aquello sin intervención y regulación por parte del Estado.

El "mercado" (el sector privado de la economía) es como las fuerzas policiales o militares, tienen una capacidad de acción por sobre los ciudadanos que puede ser letal si se los deja desprovistos de una función social determinada, es por eso que estas fuerzas de seguridad están bajo el mando de Ministerios, en su mayoría integrados por civiles instruidos en áreas de las Ciencias políticas o el Derecho (y elegidos por la ciudadanía). No por nada los golpes de Estado son o militares o económicos.

El nuevo contrato social debe contener ciertos puntos centrales como ejes de la actividad económica y uno de esos ejes, considerando las nuevas tecnologías y el nuevo escenario de producción frente a los recursos materiales finitos, debe ser la sustentabilidad, por ende la estricta planificación de recursos humanos y materiales según cada país o región. En resumen, rediscutir las economías, ya no en base a las viejas recetas para alcanzar el crecimiento económico (caudal de las riquezas), sino en base a la forma en que se desarrolla ese crecimiento (sistemas y mercados -entre ellos el laboral y de producción- sustentables).

Coincido contigo en la importancia de la sostenibilidad. A ese importante factor yo añadiría la redistribución. Hemos visto cómo en los últimos años la riqueza se concentra en unas pocas manos y cómo crece el número de pobres. Incluso cómo gente con trabajo lleva una vida precaria mientras otros nadan en la abundancia sin necesidad de aportar nada a la sociedad.

Creo que lo que falta es la amenaza de una revolución que “mueva la silla” a los privilegiados, cada vez más despreocupados por el destino de “los de abajo”. Algo como lo que significó el comunismo para el capitalismo de principios del s. XX, una amenaza real de que si las reglas no cambian se rompe la baraja y se cambia de juego.
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Zerg Rush
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MensajeTema: Re: Necesitamos un nuevo contrato social   Miér Sep 26, 2018 1:44 pm

l problema es que no se puede resolver sólo con la redistribución, efectivamente es necesario que hacienda echa mano un poco más a los que ganan mucho y algo menos al currante,bajar el IVA en productos de primera necesidad, etc., pero esto no resuelve el problema de fondo, la falta de consumo y productividad.
Es decir que hay que invertir en puntos claves, como en I+D, educación y industria para ganar competencia en un mercado global y aumentar con esto la riqueza del país. 
Por mucho redistribución, España no puede salir del pozo sólo con servir tapas y paisajes bonitas.
Podríamos ser el Nº 1 en energías renovables, creando decenas de miles de puestos de trabajos de calidad, si no fuera que el anterior gobierno precisamente allí ha efectuado grandes recortes, obligándonos de gastar inútilmente recursos y dinero para IMPORTAR los recursos energéticos. Esto sólo es uno de los muchos meteduras de pata que nos ha llevado a donde estamos ahora.
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el.loco.lucas
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MensajeTema: Re: Necesitamos un nuevo contrato social   Miér Sep 26, 2018 2:12 pm

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l problema es que no se puede resolver sólo con la redistribución, efectivamente es necesario que hacienda echa mano un poco más a los que ganan mucho y algo menos al currante,bajar el IVA en productos de primera necesidad, etc., pero esto no resuelve el problema de fondo, la falta de consumo y productividad.
Es decir que hay que invertir en puntos claves, como en I+D, educación y industria para ganar competencia en un mercado global y aumentar con esto la riqueza del país. 
Por mucho redistribución, España no puede salir del pozo sólo con servir tapas y paisajes bonitas.
Podríamos ser el Nº 1 en energías renovables, creando decenas de miles de puestos de trabajos de calidad, si no fuera que el anterior gobierno precisamente allí ha efectuado grandes recortes, obligándonos de gastar inútilmente recursos y dinero para IMPORTAR los recursos energéticos. Esto sólo es uno de los muchos meteduras de pata que nos ha llevado a donde estamos ahora.

Si hablamos de España está claro que es como comentas. Yo me refería a la situación global. Al contrato social que necesita el capitalismo del s. XXI.
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Nolocreo
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MensajeTema: Re: Necesitamos un nuevo contrato social   Miér Sep 26, 2018 5:09 pm

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Muy completo el análisis, concuerdo con él en su mayoría. Pienso que la idea (política y económica) que se viene barajando desde comienzos del siglo XXI (en varios países desarrollados no sólo es una idea sino una guía para sus practicas), que contempla los nuevos escenarios citados y la idea de planificación, es la de sustentabilidad, todo lo que se haga debe ser sustentable (sostenible) en el tiempo... y no veo posibilidades ni remotas de realizar aquello sin intervención y regulación por parte del Estado.

El "mercado" (el sector privado de la economía) es como las fuerzas policiales o militares, tienen una capacidad de acción por sobre los ciudadanos que puede ser letal si se los deja desprovistos de una función social determinada, es por eso que estas fuerzas de seguridad están bajo el mando de Ministerios, en su mayoría integrados por civiles instruidos en áreas de las Ciencias políticas o el Derecho (y elegidos por la ciudadanía). No por nada los golpes de Estado son o militares o económicos.

El nuevo contrato social debe contener ciertos puntos centrales como ejes de la actividad económica y uno de esos ejes, considerando las nuevas tecnologías y el nuevo escenario de producción frente a los recursos materiales finitos, debe ser la sustentabilidad, por ende la estricta planificación de recursos humanos y materiales según cada país o región. En resumen, rediscutir las economías, ya no en base a las viejas recetas para alcanzar el crecimiento económico (caudal de las riquezas), sino en base a la forma en que se desarrolla ese crecimiento (sistemas y mercados -entre ellos el laboral y de producción- sustentables).

Coincido contigo en la importancia de la sostenibilidad. A ese importante factor yo añadiría la redistribución. Hemos visto cómo en los últimos años la riqueza se concentra en unas pocas manos y cómo crece el número de pobres. Incluso cómo gente con trabajo lleva una vida precaria mientras otros nadan en la abundancia sin necesidad de aportar nada a la sociedad.

Creo que lo que falta es la amenaza de una revolución que “mueva la silla” a los privilegiados, cada vez más despreocupados por el destino de “los de abajo”. Algo como lo que significó el comunismo para el capitalismo de principios del s. XX, una amenaza real de que si las reglas no cambian se rompe la baraja y se cambia de juego.
O se trabaja o no se trabaja, no hay ninguna regla escrita que diga que tienes que hacerlo o dejar de hacerlo y así va a seguir siendo.
Lo que hagas hoy es lo que vas a tener mañana si no haces nada no vas a tener nada eso tampoco está escrito ni regulado por ley alguna y así va a seguir siendo en los próximos mil años Neutral
No se puede culpar a nada ni a nadie de lo que uno ha hecho o dejado de hacer Neutral
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Zerg Rush
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MensajeTema: Re: Necesitamos un nuevo contrato social   Miér Sep 26, 2018 6:26 pm

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l problema es que no se puede resolver sólo con la redistribución, efectivamente es necesario que hacienda echa mano un poco más a los que ganan mucho y algo menos al currante,bajar el IVA en productos de primera necesidad, etc., pero esto no resuelve el problema de fondo, la falta de consumo y productividad.
Es decir que hay que invertir en puntos claves, como en I+D, educación y industria para ganar competencia en un mercado global y aumentar con esto la riqueza del país. 
Por mucho redistribución, España no puede salir del pozo sólo con servir tapas y paisajes bonitas.
Podríamos ser el Nº 1 en energías renovables, creando decenas de miles de puestos de trabajos de calidad, si no fuera que el anterior gobierno precisamente allí ha efectuado grandes recortes, obligándonos de gastar inútilmente recursos y dinero para IMPORTAR los recursos energéticos. Esto sólo es uno de los muchos meteduras de pata que nos ha llevado a donde estamos ahora.

Si hablamos de España está claro que es como comentas. Yo me refería a la situación global. Al contrato social que necesita el capitalismo del s. XXI.
Buff, para esto hay que cargarse primero una buena cantidad de gentes, empezando quizás con meteoritos en la CasaBlanca, Vaticano, Bruselas y Bonn cuando todos están allí.
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el.loco.lucas
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MensajeTema: Re: Necesitamos un nuevo contrato social   Miér Sep 26, 2018 7:12 pm

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l problema es que no se puede resolver sólo con la redistribución, efectivamente es necesario que hacienda echa mano un poco más a los que ganan mucho y algo menos al currante,bajar el IVA en productos de primera necesidad, etc., pero esto no resuelve el problema de fondo, la falta de consumo y productividad.
Es decir que hay que invertir en puntos claves, como en I+D, educación y industria para ganar competencia en un mercado global y aumentar con esto la riqueza del país. 
Por mucho redistribución, España no puede salir del pozo sólo con servir tapas y paisajes bonitas.
Podríamos ser el Nº 1 en energías renovables, creando decenas de miles de puestos de trabajos de calidad, si no fuera que el anterior gobierno precisamente allí ha efectuado grandes recortes, obligándonos de gastar inútilmente recursos y dinero para IMPORTAR los recursos energéticos. Esto sólo es uno de los muchos meteduras de pata que nos ha llevado a donde estamos ahora.

Si hablamos de España está claro que es como comentas. Yo me refería a la situación global. Al contrato social que necesita el capitalismo del s. XXI.
Buff, para esto hay que cargarse primero una buena cantidad de gentes, empezando quizás con meteoritos en la CasaBlanca, Vaticano, Bruselas y Bonn cuando todos están allí.

Sí, y también luchar denodadamente y sin descanso contra la ola de ignorancia que nos rodea. Es obvio que la mayoría de los privilegiados votan a la derecha pero las elecciones las gana la derecha gracias a los votos de los que no entienden nada.
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Zerg Rush
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MensajeTema: Re: Necesitamos un nuevo contrato social   Miér Sep 26, 2018 9:33 pm

En una democracia no debería importar si hay tanto la derecha, como la izquierda. Es más, seróa nefasto si sólo existiría uno de los dos.
Para hacer a justicia a todos en una democracia los parlamentarios deben aprender de dialogar y trabajar, para encontrar soluciones que satisface a todas las partes, para esto se les vota y para esto ganan su sueldo, no para hacerse la vida imposible y torpedear los proyectos de otros, como lo vemos con estos hooligans PP y Cs. Esto no es cuestión de ideologías, sino simple y llanamente hijoputez.
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El llobu
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MensajeTema: Re: Necesitamos un nuevo contrato social   Dom Sep 30, 2018 9:50 am

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l problema es que no se puede resolver sólo con la redistribución, efectivamente es necesario que hacienda echa mano un poco más a los que ganan mucho y algo menos al currante,bajar el IVA en productos de primera necesidad, etc., pero esto no resuelve el problema de fondo, la falta de consumo y productividad.
La falta de consumo sólo es un problema en una organización socioeconómica basada en el consumo. Cualquier organización socioeconómica basada en el consumo sólo provoca el agotamiento de los recursos y lleva directamente a la ruina.

Otros modos de organización son posibles... y no sólo posibles, sino necesarios... y ahí volvemos al título del hilo.

Salud y República.
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Necesitamos un nuevo contrato social
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